Made in Mexico

Me topé en Netflix con un nuevo programa: “Made in Mexico”. Yo no tenía la menor idea de qué trataba y comencé a verlo. Es un “reality” de un grupo de jóvenes de la Ciudad de México que muestra la forma en que viven y se mueven en la sociedad capitalina. Es realmente malo, cínico, frívolo y muestra una idea de México que no comparto. Pero este texto no será una crítica al programa, ya Fernanda Solórzano se ha encargado de demolerlo –con justa razón- en Twitter y no merece más publicidad. Lo que sí es que me da pie para reflexionar sobre otro tema del “neoliberalismo” del que hablé la semana pasada. De esa “ilusión del mérito” de la que ha hablado Fernando Escalante.

Algunas personas viven bajo la idea de que cada quien tiene lo que se merece. Se ha instalado en el sentido común de algunos la consigna de que las posiciones sociales y económicas que detentan son producto de su esfuerzo, de su trabajo. Por eso hay tantas frases motivacionales que ponen toda la carga del progreso en el individuo: “trabajen y trabajen y llegarán lejos, acumularán dinero, les irá mejor”, etcétera. Lo malo es que al aceptar estas premisas no se dan cuenta de que, a su vez, están justificando una desigualdad indignante.

El debate anterior lleva décadas en los círculos académicos, pero vale la pena recordarlo. La lógica va más o menos así. Si  se acepta que cada quien tiene lo que se merece, entonces el que alguien tenga más que otro es algo natural. Alguien tiene más porque es más productivo, y al producir más gana más. La desigualdad, así vista es producto solo del individualismo, del ejercicio de libertades. No importa ni la historia, ni la sociología, ni la antropología para explicar los esquemas de inequidad social. Y lo más grave es que se ve a la desigualdad como una expresión de la justicia. Si cada quien es empresario de sí mismo y todo el orden social se basa en una concepción de la naturaleza en la que básicamente todos los seres humanos son seres egoístas, buscando maximizar utilidades, entonces la desigualdad es justa en sí misma. Es más: intentar reducirla, o eliminarla, tendría efectos contraproducentes, ya que al realizar un ejercicio redistributivo –por la vía de impuestos, por ejemplo- se eliminaría la responsabilidad individual. Cualquier redistribución del ingreso castiga a los que han tenido éxito –a esos que han ganado más y, por tanto, lo merecen- y reproduce esquemas rentistas, parasitarios, de los menos aventajados. La traza es casi ya lugar común.

El problema es que el argumento se desliza hasta llegar a un “Made in Mexico”. Lo que hay en el trasfondo del programa es una élite con una total falta de empatía. La ilusión meritocrática ha llevado a las élites a pensar en términos binarios en cuanto a lo social: hay exitosos y hay fracasados. Esto es común en la cultura estadounidense desde el siglo XIX, pero como programa ideológico, político y cultural ha tenido tanto éxito que se ha adoptado con naturalidad en casi todo el mundo. Los integrantes de esas élites no solo se precian de ser exitosos, no solo creen que se lo merecen y creen que también los pobres merecen ser pobres porque no trabajan lo suficiente, sino que además no tienen empacho en mostrarlo, en vociferar al mundo cuánto ganan, cuánto tienen, cuánto valen.

En lo que vi del programa hay una escena en que dos de las protagonistas entran a una tienda en Masaryk, una calle de tiendas de lujo en la CDMX; y, una de ellas, compra una joya para una fiesta. La cámara no puede dejar de enfocar el momento en que la vendedora le dice el precio de la joya. Por supuesto, se lo dice en dólares y en términos de miles. La protagonista compra la joya y su guardaespaldas hace el trámite correspondiente. Esta escena pinta de cuerpo entero la ideología de nuestros tiempos: no solo gasten, muéstrenlo. Muéstrenlo porque se lo merecen, se lo ganaron de alguna u otra manera. No importa que lo hayan heredado, no importa que hayan tenido oportunidades que el 99% de la población no tiene, tampoco importa mucho que el sistema esté diseñado para privilegiar la concentración de riquezas y privilegios y que sean beneficiario(a)s de eso. Eso es lo de menos. Se lo merecen porque son ricos y son ricos porque se lo merecen, así que no tiene nada de malo que lo ostenten. Al contrario: de esa forma les revelan a los menos aventajados lo que pueden tener, les están haciendo un bien al enseñarles lo que pueden lograr si tan solo se esforzaran un poco, un poquito más.

En una conferencia en la Universidad Autónoma de Querétaro, Fernando Escalante para ilustrar cómo ha cambiado el horizonte cultural de los años setenta para acá pone un ejemplo notable. Le dice al auditorio que en los setenta, Emilio Azcárraga, decía en público que él era de “clase media”. No porque lo fuera, obviamente, sino porque se consideraba de mal gusto ostentarse como rico en una sociedad desigual. Hoy somos víctimas de ese mal gusto, si no pregúntenle a quienes concibieron Made in Mexico como una serie para mostrar al “verdadero México” al mundo. El chiste se cuenta solo, lo malo es que no es chiste.

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